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  • Foto del escritor: Adriana Somófora
    Adriana Somófora
  • 10 may 2025
  • 3 Min. de lectura

La magia existe, a mi familia nos la enseñó el mayor de los hermanos de mi abuela, José de la Serna Valdivia. 


El que con su magia me lee en esos momentos, lo sé porque al tomar la pluma, sin programarla comenzó a sonar desde la consola “Sabor a mí”... “Tanto tiempo disfrutamos de este amor nuestras almas se acercaron tanto así“ 


Frases que no pueden describir mejor el tanto tiempo y tanto amor que nos dio a los de la Serna. 


Este doctor fue el que marcó la vara y el apoyo para que todos los que seguíamos en la fila familiar fuéramos personas de bien, porque deja más educar con el ejemplo que con las palabras. 


Cipriano, su padre quería que se dedicará al rancho, pero su madre (la primera Dolores de la familia) insistió en que sus hijos estudiaran y junto con mi Dolores trabajaron los hilos para bordar las carreras de los hombres de la familia. José eligió la carrera de medicina y viajó a la capital y al extranjero para convertirse en el primer médico especialista de Aguascalientes.


Después de estudiar volvió a su tierra  para curar los riñones de sus pacientes  y algunos corazones de la familia cuando se nos rompían. 


No sólo nos enseñó la magia logrando posible lo imposible, también lo hizo  al hacernos olvidar que la vida es un momento. Siendo el hermano mayor, fue uno de los que se quedó más tiempo, estuvo presente y abrazable desde 1921 hasta hace un par de días. 


Durante estos 104 años nos dio muchos regalos, entre ellos unos hijos auténticos y amorosos a los que les corre la magia en la sangre y se les sale por los ojos para compartirla con nosotros.


Uno de sus regalos más importantes, es el de siempre tener las puertas abiertas de sus ranchos y casas para reunir a la familia. Todas esas tardes en San Pancho y Zaragoza me hacen recordar de dónde vengo y hacia dónde quiero ir. 


Él hacía la vida poesía, como la tarde que me regaló un campo de flores.

En su rancho de Calvillo en el otoño crecían millones de mirasoles, ese día cuando mi hermana y yo corríamos con las manos extendidas y arrasando puños de flores en nuestras manos, sus ojos luminosos que daban ternura y paz, nos miraron y con su sonrisa gigante pronunció: “Llévense todas, con que me dejen unas cuatro está bien”. 


Siempre presente cuando de aliviar a la familia se trataba, como médico pero sobre todo como hermano, padre, abuelo, tío. Como cuando tuve el accidente y la parte que me rompí de todo el cuerpo fue el riñón, ahora sé que no fue casualidad que ese órgano se fisurará, fue una pieza de mi vida que me enseñó como una persona puede ser tan admirada y respetable sin perder la sencillez. Porque para mí era simplemente mi tío Pepe, pero cuando los médicos que me atendían vieron pasar al Doctor de la Serna, mi caso se volvió el más importante del hospital para poder aprender de la eminencia que iba con toda su ternura a visitar a la niña que se cayó de la moto. 


Otras de sus tardes hechas poesía es la de cuando en los últimos días de mi Dolores le dijo a su lado: “Deberíamos vernos más seguido, siempre, todos los días, toda la vida”. 


Tío Pepe, estoy segura de que tu trascender sigue siendo poesía, porque si alguien se gana el cielo han sido los de la Serna Valdivia.


Te pido un regalo más, cuando llegues con tu hermana, dale un abrazo de mi parte y dile que así como tú le enseñaste la vida de la mano, ahora ella te enseñe el cielo. 


Descansa en paz tío, vuela tranquilo que con tus 104 años nos dejaste sabor a ti  para todos los días, para  toda la vida.



José de la Serna Valdivia
José de la Serna Valdivia

 
 
 
  • Foto del escritor: Adriana Somófora
    Adriana Somófora
  • 10 may 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 22 jun 2025

Muchas veces, desde siempre me pasa que la gente cercana al decirme algo de mi abuelita empiezan la frase con un "tu mamá..." a veces la rectifican y dicen ¡ah no, tu abuela! Otras continúan con lo que estaban contándome.


Me parece curioso la cantidad de veces y de personas que han cometido esta confusión, porque saben perfectamente que Dolores es mi abuela. Pero es como si algo desde lo más profundo y natural de su mente les dictará esas palabras.


Se siente como una confusión bonita, pero no deja de ser extraña, porque aunque Dolores es mi persona más amada jamás la llamé con sobrenombres cariñosos que se acercaran a la palabra mamá.


Hablando con mi hermana, con la que tenía una década de platicas pendientes, coincidimos en que nos pasa mucho esto, a mi abuelo lo nombran como su papá, cosa que también me ha pasado algunas veces, la última fue ayer, cuando una de sus hijas me contaba "tu papá (corrige rápidamente) tu abuelito compró esa yegua de carreras..."


Quizá tiene poco de equivocación que los nombren como nuestros padres.


Pues en mi caso, el amor que me dio Dolores es de esos que solo salen de las madres, incluso más grande y especial, porque a los hijos mexicanos se les tiene la condición social de amar incondicionalmente, pero eso de amar a los nietos, ya no es una obligación, mucho menos la de maternarlos, si las abuelas deciden hacerlo, es por el único motivo de un amor puro que la experiencia de sus canas les ha enseñado a compartir y demostrar.


No sé si Dolores y Jesús planearon conscientemente llenarnos los huecos maternales y paternales con los que creceríamos, o si fue inercia del amor que nos dieron al hacernos sentir su casa y rancho como nuestro hogar, no sé si Dolores me alimentó sanamente el cuerpo y el alma con sus cremas de verduras porque sabía que me hacia falta o simplemente porque quiso hacerlo por amor.


No sé si Dolores quería ser mi mamá para llenar los vacíos de sus cuatro hijos perdidos en el jardín de San Sebastián.


Pero hoy me doy cuenta de que su amor se sintió como el de una madre.


Los que conocen completas mis historias se sorprenden por mi carácter.


Pero para mí no es sorpresa porque tuve a Dolores, a la que el amor le alcanzó para curarme todo.


A esa Dolores de la que tal vez no se equivoquen al nombrarmela "tu mamá"


le escrito muchas cartas y dedicado muchos textos y aunque las palabras para describir su amor pueden ser infinitas como el valor de lo que me dio, hoy día de las madres sólo quiero escribirle una.



Dolores:


Mamá


Tu chaparrita.


Dolores
Dolores


 
 
 
  • Foto del escritor: Adriana Somófora
    Adriana Somófora
  • 30 abr 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 1 may 2025

De niña, muy niñita yo quería mi cabello largo, pero mi mamá no me dejaba tenerlo así.


Recuerdo que mis primeros enojos profundos fueron los de cada tantos meses al ir a la peluquería. 


Mi hermana llevaba una corona rizos dorados que hacían juego con sus ojos azules, yo solo un brote de pelos rebeldes que no hacían ningún contraste con el café de mirada.


Los míos eran unos cabellos que no valía la pena cuidar y era mejor cortarlos, los de ella tampoco los cortaban porque eran mucho menos rebeldes que yo que mis cabellos, sus rizos se ordenaban, mientras a mí la vida me despeinaba.


A ella sólo le cortaron el cabello cuando se pegó un chicle en la cabeza y no hubo más remedio que raparla, parecía feliz, como monje tibetano que se afeita el ego, ella sonreía jugando a que era un marcianito. Después de eso los rizos ni el dorado volvieron a nacer.


No me daba cuenta de porque me importaba tanto mi melena. 

Y es que aunque el cabello no tenga vida, a mí me dolía cuando lo cortaban.

Ahora entiendo que era lo que me dolía. Sentía que con cada corte se me iban unos centímetros de mi personalidad, de mi libertad. Del poder de decidir sobre mi cuerpo, sobre mi vida, de  mi yocita de ese entonces y en la que me quería convertir. 


Ensayaron con los cortes de mi cabello que controlaron sólo por unos años, después intentaron seguir con el rumbo de mi vida, pero ahí tampoco me dejé, mi voluntad y resistencia fueron tan fuertes como un mechón de cabellos bien organizado que puede soportar grandes cantidades de peso a pesar de su ligereza y fragilidad. 


Y así lo hice, soporte con mucha fuerza cosas que no tenía que soportar, y después de eso mi cabello tuvo la recompensa de la libertad al volar con el viento de los caminos que mi valentía ha recorrido. 


Aunque era fuerte, llegó el día en el que al  igual que a un cabello seco que troza con facilidad me rompieron. 


Pero como me enseñó mi cabellera en su ciclo capilar, renací y esta vez lo volvía a hacer para soportarme a mí. Deje de cargar a los demás y me cargué, lo hice con tal destreza que aprendía a volar como cabellos felices y alborotados en el paisaje de alguna ventanilla rodando por la carretera. 


Mi tía platica que cuando fue a verme al cunero, era de pelo rizado, pero al día siguiente cuando mi mamá pudo conocerme ya no estaban esos rizos. 

Cuando crucé en la camillita la puerta de la habitación de mi mamá me había convertido en  lacia,  era como si mi cabello hubiera decidido cambiar de último momento para agradarle a la que lo había tejido y para no quitarle el lugar a la que ya tenía rizos.  


Cuando me mudé  lejos de donde nací,  lo ondulado volvió, pensé que que era por el agua de la ciudad monstruo que no tiene tantos minerales y lo hace menos pesado.

Me equivocaba,  lo pesado era lo que cargaba en la conciencia, y con la libertad de ser yo sin cruzar ya la puerta del cuarto de mi mamá, mi cabello se sintió ligero y se empezó a retorcer y enroscar de gozo.


Querida  yocita, sigue peleando por tener el cabello largo, que pronto lo conseguirás y jamás te lo volverán a cortar. 


Querida yocita, esa queja por peinarte no es porque que no te quisieran , sí te querían, pero te querían de corte y vida corta y  tú habías nacido para cabellos y caminos largos. 


Te cuento que con los años creció el cabello, las ojeras y las ganas de vivir. 

Yocita, ya eres grande, hoy tienes 34 y tu primera protesta ya te llega a la cintura. 


Y entre más creces , menos quiero cortarte e el cabello.


Los indígenas americanos creen que el cabello es la conexión con la tierra, el espíritu y los ancestros. y yo que cada día extraño más a Dolores, quiero creer esa teoría. 


Quiero que nuestro cabello sea tan largo que alcance a llegar al cielo para que Dolores lo peine con el jugo de las naranjas de la despensa que exprimía para pegar los gallitos rebeldes.  


Y quiero que crezca tanto que se arrastre por la tierra del rancho que me vio renacer, para que se mezcle con la cantera que nos dan la magia de vivir muchos años a los Delgadillo. 


Yocita, ahora tu cabello es chiquito, pero te juro que va a crecer, yo lo he dejado muy largo para con puntadas que me enseñó Dolores tejerte una cobija, una cobija de quererte y de cumplir tus sueños. 


Una cobija que ya tiene cuatro hilos plateados que te susurran consejos, para que nunca más dejes que te vuelvan a cortar el pelo ni tus sueños. 




 
 
 
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