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  • Foto del escritor: Adriana Somófora
    Adriana Somófora
  • 18 sept 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 30 oct 2025

“Sangre italiana, corazón mexicano”

Fueron las primeras palabras que leí de él.  


Porque de haber leído primero su nombre “Marco Antonio” la conversación entre nosotros no hubiese existido, con eso de que le busco encaprichadamente mi libertad a un Antonio desde que tuve voz para cambiarme el nombre que me dio, desde que tuve pies para salir de la casa que nos construyó. 


“Corazón mexicano” … 

¿Se referiría al mío que a ratos pareciera que se quedó con él? 


A este corazón que aunque no nació en Zacatecas, se siente de ahí, lugar donde suena la marcha que es el segundo himno de México y donde suenan los susurros de las brujas de Beleña. Corazón que recuerda sus manos más que cualquier parte de su cuerpo, porque fueron el primer pedazo de su piel con el que decidió tocarme y el primero que me tocó. 


Podrían pasearse por mi mente los recuerdos en los que explotamos de placer sobre su cama y sobre todas las dimensiones que atravesamos con nuestras miradas profundas que se convertían en carcajadas erizadas de conexión. Pero el único pensamiento que me recorre una y otra vez es el de sus manos sobre el anillo que me dio mi madre. Esa mujer que le entregó su corazón al Marco Antonio del que salí yo. 


Íbamos en el elevador subiendo para ver el cielo que muchas veces no se alcanza a ver en esta ciudad, cuando él tomó el anillo para darle vueltas con el pretexto de tocar mi piel, esa de las manos grandes y tibias que lo de la Serna me heredó. 


Menos de siete noches duró el encanto de sus manos sobre las mías y sobre mi cuerpo.

Encanto que fue perdiendo su intensidad sobre unos cuantos mensajes, en intentos de no sentirnos lejos, mensajes en los que me llamaba “Brujita” como si supiera que venía de donde las brujas de Beleña, aunque nunca se lo conté. 


Me llamó tantas veces Bruja, que me lo creí, pero no me sirvió de nada, pues no pude hechizarlo a él, o por lo menos a sus manos, que son las que pienso tanto.


Somófora


“Corazón mexicano”
“Corazón mexicano”


 
 
 
  • Foto del escritor: Adriana Somófora
    Adriana Somófora
  • 18 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Había logrado sacarlo de mi mente, las señales de su país, su nombre y los recuerdos de lo que vivimos y de lo que no, ya no me perseguían.


Así que lo llamé, con la seguridad de que esta vez no se quedaría vagando por mi mente después de cruzar la puerta. Con las ganas de que nuestras pieles buscaran eso que se había perdido pero sin ganas de encontrarlo. 


Nos vimos y no me salieron las palabras, pero sí los besos. Sin pláticas previas como en otras citas, llegué rápido encima de sus piernas, para tocar su labios con los míos, con la presión suficiente para no se me escapara un te quiero de la boca, ni de la mente. 


No quería dejar nada para el futuro, por eso quería sentirlo todo en ese presente. 

Me entregué como en una ofrenda a mi propio cuerpo, para que él me guiara en el camino de los sentires, porque la vez que dejé al corazón que lo hiciera las cosas no salieron. 


Pero con esta fórmula tampoco llegué lejos, aunque según yo me quité todas las capas para sentir, la ropa no cayó de mi cuerpo y lo único que cayeron fueron un par de lágrimas, justo en ese día en el que quería que mi piel se gastara todos los sentires  para no dejarle nada al alma. 


Acostados en la cama que me ha abrazado en los días de mi diagnosticada melancolía, me tapé con las sábanas, porque aunque tenía la ropa puesta, me sentí lo más desnuda que había estado frente a él, me tapé y me sequé ese par de lágrimas para no mostrar mi tristeza, porque la tristeza  y la rabia asustan a las personas. 


  •  ¿Te asustaste porque estaba sintiendo mucho? le pregunté  


  • Sí 


Ahí fue cuando la tristeza se aterrizó en ese lado de la cabeza que me pesa cuando la melancolía llega y las lágrimas salen. 


Y aunque quisó borrar sus palabras, yo supe que eran ciertas, porque esa misma tarde mi hermana se había alejado de mí por la misma razón: sentir mucho, sentir de más. Y porque es la misma razón por la que el ojos de laguna se fue y tal vez la misma razón por la que Norberto no entendía todo lo que me dolía la vida a su lado. 


Las lágrimas volvieron a caer sobre las mismas sábanas que habían caído tantas veces, y que ya se habían secado. Porque me di cuenta que se necesita demasiada suerte para encontrar a alguien que no se asuste con mi forma de sentir. El peso de la tristeza volvió porque recordé que la única persona que sabía quererme se fue hace once años y aunque la siento en suspiros, su cuerpo ya no está para abrazarme. 


  • Prométeme que intentarás no estar triste

  • Yo siempre estoy tratando de no estar triste 


En estos intentos de sacar la tristeza de mi cabeza, recordé a quién me da paz, a los caballos, y le conté que la yegua que monto ya había aprendido a quererme y que me había dado un abrazo. 


  • ¿Cómo son los abrazos de caballo? 

  • Te abrazan con el cuello, lo recargan sobre tus hombros


Ya con sus zapatos puestos, caminamos por el pasillo que lleva a la salida, y en medio del pasillo, en medio de irse o quedarse, paramos y me dio un abrazo de caballo. 


No lo acompañé a la puerta, porque subir las escaleras sola da más tristeza, tampoco lo pensé durante los siguientes días. Aunque por unos segundos en ese abrazo nuestros corazones se sincronizaron como pasa con los caballos y los humanos, que empatan su latido al mismo ritmo, esta vez ni su nombre ni su país se me aparecieron por ahí. 


Aunque se fue del todo, aunque ya no lo siento, a veces me gustaría hablarle para decirle que lo quiero ver y que quiero que me de un abrazo de caballo. 


Somófora



 
 
 
  • Foto del escritor: Adriana Somófora
    Adriana Somófora
  • 5 ago 2025
  • 2 Min. de lectura

Mi abuelo era poesía, 

a veces una que dolía

pero siempre poesía.


Sus palabras y hechos nunca fueron a medias tintas,

bien plantado en el desierto que nació, bien al norte, bien armado, 

con su pistola y con sus palabras. 


Agarró todo lo que le tocó hacer en la vida con fuerza, como la fuerza con la que tomaba los toros que coleaba.  


Nadie decidía por él, ni cuando los doctores le dieron el diagnóstico de diabetes. 

Él siguió comiendo los panes azucarados y gigantes y los refrescos calientes del asiento de la camioneta y esto nunca le subió el azúcar, no porque no padeciera la enfermedad, sino porque él decidió que esto no le iba a cambiar sus planes de comer los huevitos blancos del buró. 


Mi abuelo era poesía, y cuando no la encontraba la sacaba de los dichos como “Qué bonito lo bonito, lástima que sea tan poquito” Decía unos cinco de estos al día. Para decirnos cosas bonitas, para querernos con poesía. 


Mi abuelo era poesía, y la buscaba en el volumen del radio de su camioneta, en la que siempre había música para acompañarlo en las brechas del desierto que se sabía de memoria, y que seguramente podía recorrer con los ojos cerrados, pero con los oídos bien abiertos para escuchar a los Aguilar y a los coyotes.  


Mi abuelo decidió ser poesía porque nació de un padre que llevaba de nombre Amado, se casó con una mujer llamada Dolores, y nombró a su primera hija Angélica. 


Angeles, Dolores y Amores. 

Mi abuelo siempre acompañado de poesía. 


Palabras bonitas decía, y palabras que cumplió. 

Porque con lo que más adornaba lo que pronunciaba era con su honor. 


“Don Jesús” Don Jesús con el don de la poesía. 


“David: Ya nos fuimos, quédese con Dios… Su agüelo Jesús”


Mi abuelo, era poesía y creo que me la dejó.


Recado que le dejó a mi primo en el rancho
Recado que le dejó a mi primo en el rancho

 
 
 
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