Don Jesús con el don de la poesía
- Adriana Somófora
- 5 ago
- 2 Min. de lectura
Mi abuelo era poesía,
a veces una que dolía
pero siempre poesía.
Sus palabras y hechos nunca fueron a medias tintas,
bien plantado en el desierto que nació, bien al norte, bien armado,
con su pistola y con sus palabras.
Agarró todo lo que le tocó hacer en la vida con fuerza, como la fuerza con la que tomaba los toros que coleaba.
Nadie decidía por él, ni cuando los doctores le dieron el diagnóstico de diabetes.
Él siguió comiendo los panes azucarados y gigantes y los refrescos calientes del asiento de la camioneta y esto nunca le subió el azúcar, no porque no padeciera la enfermedad, sino porque él decidió que esto no le iba a cambiar sus planes de comer los huevitos blancos del buró.
Mi abuelo era poesía, y cuando no la encontraba la sacaba de los dichos como “Qué bonito lo bonito, lástima que sea tan poquito” Decía unos cinco de estos al día. Para decirnos cosas bonitas, para querernos con poesía.
Mi abuelo era poesía, y la buscaba en el volumen del radio de su camioneta, en la que siempre había música para acompañarlo en las brechas del desierto que se sabía de memoria, y que seguramente podía recorrer con los ojos cerrados, pero con los oídos bien abiertos para escuchar a los Aguilar y a los coyotes.
Mi abuelo decidió ser poesía porque nació de un padre que llevaba de nombre Amado, se casó con una mujer llamada Dolores, y nombró a su primera hija Angélica.
Angeles, Dolores y Amores.
Mi abuelo siempre acompañado de poesía.
Palabras bonitas decía, y palabras que cumplió.
Porque con lo que más adornaba lo que pronunciaba era con su honor.
“Don Jesús” Don Jesús con el don de la poesía.
“David: Ya nos fuimos, quédese con Dios… Su agüelo Jesús”
Mi abuelo, era poesía y creo que me la dejó.

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